Abandono…

¡Qué paradoja, Señor! ¡Qué aparente contradicción la que la hermandad y su barrio nos muestra cada Lunes Santo! Su gente quiere devolver a Jesús la compañía de la que no dispuso. Cautivo en el abandono de sus discípulos…

Pero Él sigue con su mirada perdida, triste. Aun con las gotas de sangre vertidas en el sufrimiento extremo del dolor en la noche previa a ser apresado. ¿Por qué? ¿Te lo has preguntado? ¿Crees que es solo por lo que vivió? ¿Y si es por lo que sigue viviendo?

“Lo que hagáis a uno de estos es lo que me hacéis a mí”. ¿Cuándo no te di de comer? ¿Cuándo estuviste en la cárcel y no te visité? ¿Cuándo enfermo y no te cuidé…?

¿Qué es seguir abandonando hoy a Jesús? Todos los que le seguimos y vemos el Lunes, todos los que nos sentimos sus discípulos… Nosotros… ¿no lo abandonaríamos?

El interrogante nos lleva a dos fuertes encrucijadas. A veces el seguimiento de Jesús es más duro de lo que podíamos imaginar…

Primero, la valentía. ¿Crees que tú permanecerías a su lado en situaciones de riesgo, de miedo? Sus discípulos salieron huyendo… ¿Qué es salir huyendo hoy? Escabullirse cuando las situaciones aprietan. ¿Qué es ser valiente en cristiano?

Y en segundo lugar, el mandato que conlleva seguirlo. Esto os mando… que os améis”. Solo un mandato… Pero quizás exigente… El Señor Cautivo nos recuerda que una de las consecuencias de su mandato de amor es no abandonar al necesitado, a los vecinos mayores de su propio barrio que ya no pueden ir tras Él… Ir a verlos, acompañarlos, es ir a verlo a Él.

Te invitamos a que cuando lo veas en la calle también te preguntes por su abandono, que es el abandono de quienes, quizás, tienes muy cerca…

Puede que mucha de esa compañía tampoco la veamos, es aparentemente discreta, como Ella, que también cuida de su gente. A distancia de su hijo, pero tras Él, recogiendo todo el seguimiento bajo su manto.

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