Observa el paso de Cristo del Calvario… La sobriedad de la cruz y el Señor. No hay distracciones. Ni música, ni demasiadas flores, ni demasiados brillos…
Parece que la hermandad quiere que te quedes ahí, en la cruz, en el propio significado de la palabra calvario… No hay dulcificación, más allá del rostro sereno del Señor, sobre lo que significa morir. Sobre lo que significa “pasar un calvario”. Jesús está ahí, como tú cuando lo pasas, como tú cuando lo vives… Y no lo asume con vacías palabras…
A veces escuchamos “El sabrá por qué…”. Esa lectura solo puede hacerse desde una fe muy profunda a la que a veces no llegamos. No todos podemos asumir como Job el dolor y seguir sintiendo cerca a Dios. Muchos más bien sienten que se alejan, que no tiene sentido. Tampoco parece tenerlo esa cruz…
La muerte nos lleva ineludiblemente a esa pregunta del porqué. El Cristo del Calvario y su hermandad nos la muestra tal cual. Sin adornos. Su muerte como un gran interrogante. ¿Por qué? Como cuando tú pasas tus dolores y calvarios… ¿Por qué?
El negro ruan y silencio de sus nazarenos. El oscuro de la caoba nos introduce en la noche más larga de Jesús. No hay a veces respuesta. No es bueno si quiera, una respuesta vacía y sin lógica. Solo estar. Solo acompañar…
El Calvario. Ese cuchillo de frialdad, que nos atraviesa en la Madrugá entre los dos torrentes de Esperanza. Ese hacernos conscientes del misterio sin todas las respuestas del dolor y la muerte. Sí, la muerte como parte de la vida.
Y tú, ¿cómo respondes a esa pregunta sobre la muerte? Sobre la tuya propia…
Atrévete a mirarlo, a buscarlo y a preguntarte…
Quizás solo queda fiarse, como María… Fe, y caminar decididamente tras Él.